APRENDIZAJE EN SERVICIO

MI SENTIDO EN LA PRÁCTICA DOCENTE

Para mí, la práctica docente significa mucho más que un requisito dentro de mi formación: la concibo como el espacio donde realmente comienzo a ser maestra. Es el momento en el que puedo poner en juego lo que he aprendido en la Escuela Normal y confrontarlo con la realidad del aula, con la diversidad de estudiantes y con los retos que implica enseñar. Cada práctica ha sido un espejo que me muestra quién soy como docente en formación y hacia dónde quiero dirigirme.

Mi sentido de la práctica se fundamenta en la idea de que cada experiencia frente al grupo me acerca a la construcción de mi identidad profesional. He aprendido que no existen fórmulas únicas para enseñar, sino que debo ser flexible, creativa y empática para responder a las necesidades de los alumnos. Entiendo que la práctica docente me invita a reflexionar constantemente sobre mis aciertos y mis áreas de oportunidad, convirtiéndose en un proceso dinámico que me hace crecer día a día.

Además, he descubierto que la práctica no solo me permite aplicar estrategias didácticas, sino también generar vínculos con los estudiantes, acompañarlos en su aprendizaje y, al mismo tiempo, aprender de ellos. Para mí, tiene un valor humano muy profundo, porque me muestra la importancia de ser una guía que inspira, escucha y da seguridad.

En conclusión, mi sentido sobre la práctica docente es verla como un proceso formativo, humano y transformador, que me da las herramientas, la experiencia y la sensibilidad necesarias para ejercer la docencia con compromiso y vocación. Cada práctica refuerza mi deseo de convertirme en una maestra capaz de dejar una huella positiva en la vida de mis alumnos.

¿Qué puedo REIVINDICAR?

👩🏻‍🏫Práctica en general:

Reivindico la práctica como el espacio donde pude poner en acción todo lo aprendido en la formación docente. A través de la interacción con los alumnos, las actividades y las dinámicas de clase, descubrí la importancia de adaptarme a diferentes situaciones y estilos de aprendizaje. Cada desafío me permitió fortalecer la creatividad, la paciencia y la empatía, habilidades esenciales para cualquier maestro. La práctica me enseñó que el aprendizaje real se construye en la experiencia cotidiana del aula y que cada esfuerzo tiene un impacto directo en los estudiantes.

📋Diagnóstico:

Reivindico el diagnóstico como una herramienta imprescindible para conocer a mis alumnos y su contexto. Este proceso me permitió identificar fortalezas, áreas de oportunidad y necesidades específicas, lo que hizo posible planear actividades más significativas y ajustadas a la realidad del grupo. Gracias al diagnóstico, comprendí que la educación debe partir siempre del conocimiento profundo de quienes aprenden, y que solo así podemos generar estrategias efectivas que favorezcan el desarrollo integral de cada niño.

📊Evaluación:

Reivindico la evaluación como un proceso continuo y formativo, más allá de una simple calificación. Aprendí a observar los avances, reconocer los esfuerzos y retroalimentar de manera efectiva, ayudando a los alumnos a consolidar su aprendizaje. Al mismo tiempo, la evaluación me permitió reflexionar sobre mi desempeño como docente en formación, reconociendo logros y áreas en las que debo mejorar, convirtiéndola en una herramienta para crecer profesionalmente.


Entre lo que enseño y lo que aprendo: la evolución de mi ser docente

Cuando pienso en quién soy como docente, me reconozco como una maestra que se ha ido formando con cada mirada, cada reto y cada palabra sincera de mis alumnos. Mi práctica no nació segura ni perfecta; se ha moldeado entre mis dudas, mis aprendizajes y mis ganas profundas de hacer las cosas bien. Uno de los momentos que más marcó mi camino fue cuando una alumna se acercó y me dijo con una sonrisa tímida: “Eres la mejor maestra porque contigo aprendí a escribir mi nombre completo.” Esa frase tan pequeña y tan grande a la vez me recordó que mi presencia en el aula sí hace una diferencia, incluso cuando yo misma no lo noto.

Mi práctica educativa ha evolucionado gracias a cada experiencia que me toca el corazón y también gracias a las exigencias de la realidad escolar. Antes me preocupaba mucho por seguir todo “como debía ser”, pero con el tiempo he comprendido que educar es un acto profundamente humano y flexible. Hoy busco que mis clases no solo enseñen contenidos, sino que generen confianza, participación, seguridad emocional y orgullo por lo que los niños logran. Poco a poco he aprendido a ver más allá de la actividad y enfocarme en la vivencia.

En este proceso también ha sido importante escuchar cómo otros perciben mi trabajo. Mi docente tutor escribió una reflexión sobre mi práctica que me hizo detenerme y reconocer aspectos que a veces doy por sentado:

“Maestras practicantes como Danna son una brisa fresca para el sistema educativo. Su trato afable y cordial es un sello distintivo, y es loable que mantenga su compromiso a pesar de encontrarse en los últimos días de recuperación de una enfermedad estacional. En su monitoreo, pide a los niños ‘poner más colores’ para que el dibujo no se vea apagado, una realimentación que trasciende lo estético y refuerza el compromiso visual. Simultáneamente, enfatiza la necesidad de enfocarse en el trabajo, una intervención necesaria debido a la tendencia del grupo a caer en la desorganización, confirmando la relevancia de su vigilancia constante.”

Leer estas palabras me ayudó a ver que mi manera de acompañar, corregir y animar sí deja huella y que mis decisiones diarias construyen poco a poco el tipo de maestra que estoy siendo.

Mi comunicación asertiva también ha sido un pilar en mi evolución. He aprendido a decir lo que pienso con respeto, a poner límites sin lastimar, a explicar mis razones con claridad y a escuchar con paciencia. Esto ha transformado por completo el ambiente del aula y la forma en que mis alumnos se relacionan conmigo. Entendí que la comunicación no solo organiza: también acompaña, contiene y da rumbo.

Desde el Análisis Transaccional, reconozco cómo tránsito entre mis estados del yo. Al inicio de mis prácticas surgía mucho mi “Niño”, sobre todo cuando me sentía insegura o sobrepasada. En otros momentos aparecía mi “Padre”, rígido y controlador, intentando mantener todo en orden. Hoy, con más experiencia, reflexión y autoconciencia, procuro permanecer en el estado “Adulto”: observo, analizo, regulo mis emociones y respondo de manera más consciente. Ese equilibrio ha fortalecido mi práctica y me ha permitido construir relaciones más sanas y significativas con mis estudiantes.

Mirando hacia atrás, veo cuánto he cambiado. Mi práctica docente se ha transformado conmigo: cada acierto, cada error, cada palabra de mis alumnos y cada retroalimentación de mis tutores me ha mostrado una nueva parte de este camino. Hoy sé que ser maestra no es solo enseñar; es dejar que cada experiencia te moldee, te confronte y te haga crecer, mientras acompañas a los niños a descubrir lo mejor de sí mismos.

 Análisis hermenéutico de mi reflexión 

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Comentarios

  1. Me encantó leer la forma en la que interpreta su vocación en la generación de vínculos con sus niños. De la misma forma el valor humano que le da a la labor. Enhorabuena.

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